La ciencia de la cultura (Edward B. Tylor)

Primer capítulo de "Primitive Culture" [Trad. Germán Hynes a partir de la segunda edición inglesa de 1873]. *
Referencia: Tylor, E. B. "La ciencia de la cultura", en AA. VV. Los orígenes de la antropología. CEAL, Buenos Aires, 1977.



En sentido etnográfico amplio, la cultura o civilización es esa totalidad compleja que incluye el conocimiento, las creencias, el arte, el derecho, la moral, las costumbres y cualquier otro hábito o capacidad adquiridos por el hombre en cuanto pertenecientes a la sociedad. Debido a que puede ser investigada según principios generales, la situación de la cultura en las diferentes sociedades de la especie humana es un objeto apropiado para el estudio de las leyes del pensamiento y la acción del hombre. En principio, la uniformidad que en tan gran medida caracteriza a la civilización debe atribuirse, en buena parte, a la acción uniforme de causas uniformes; mientras que sus distintos grados deben considerarse etapas de desarrollo o evolución, por lo cual cada una es el resultado de la historia anterior y contribuye con su aporte a la conformación de la historia del futuro. Estos estudios tienen por objeto la investigación de estos dos grandes principios en diversas secciones de la etnografía, con especial referencia a la civilización de las tribus inferiores en relación con las naciones superiores.
Los modernos investigadores de las ciencias de la naturaleza inorgánica son los primeros que reconocen, ya sea dentro de sus campos limitados de trabajo como fuera de él, la unidad de la naturaleza, la rigidez de sus leyes, el concreto orden de causa y efecto, merced a lo cual cada hecho depende del anterior y actúa sobre el que lo sucederá. Interpretan con toda firmeza la doctrina pitagórica del orden que todo lo penetra en el cosmos universal. Basados en Aristóteles afirman que en la naturaleza no caben episodios inconexos, omo en una mala tragedia. Concuerdan con Leibniz en lo que él denomina «mi axioma de que la naturaleza jamás actúa a saltos» (la nature n´agit jamais par saut) y en su «gran principio, normalmente poco empleado, de que nada sucede sin una razón suficiente». Estas ideas fundamentales también son conocidas cuando se estudia la estructura y los hábitos de las plantas y de los animales, e incluso cuando se investigan las funciones inferiores del hombre. Ahora bien, al llegar a los procesos superiores del sentimiento y la acción del hombre, del pensamiento y el lenguaje, del conocimiento y el arte, se da una transformación en el tono de la opinión que prevalece. Por lo general no estamos preparados para aceptar que el estudio de la vida humana se considere una rama de las ciencias naturales y a llevar a la práctica, en un sentido amplio, las razones del poeta de «explicar la moral como las cosas naturales». Para algunas mentes refinadas la concepción de que la historia de la especie humana es una parte y una porción de la historia de la naturaleza resulta algo repulsiva y petulante así como la que nuestros pensamientos, voluntad y acciones se ajusten a leyes tan concretas como las que determinan el movimiento de las olas, la combinación de los ácidos y las bases, y el crecimiento de las plantas y los animales.


La causa de esta opinión popular no debemos buscarla demasiado lejos. Algunos investigadores admitirían de buena gana una ciencia de la historia, sólo en el caso en que se les presentara con una substancial concreción de sus principios y sus comprobaciones, pero rechazan con toda razón los sistemas que se les presentan por no alcanzar el debido nivel científico. El conocimiento verdadero, a la larga, supera todo tipo de resistencias, por lo que la costumbre de rechazar lo novedoso actúa como impedimento a la invasión de dogmatismos especulativos con tal eficacia que sería deseable que fuera aún mayor. Pero también de concepciones metafísicas y teológicas surgen obstáculos que se oponen a la investigación de las leyes de la naturaleza humana. La noción popular del libre albedrío humano señala por una parte la libertad de actuar según las motivaciones personales pero también el poder liberarse de ellas y actuar sin causa; esta ligazón podría ejemplificarse con la imagen de la balanza que, a veces, actuase normalmente, pero también poseyera la facultad de moverse por sí misma sin pesas o a pesar de ellas. Esta concepción de la acción irregular de la voluntad, incompatible con el razonamiento científico, permanece como opinión manifiesta o latente en las mentes humanas y afecta notablemente sus concepciones teóricas de la historia, no obstante, por lo general no se presente de modo destacado en las exposiciones sistemáticas. De hecho, la definición de la voluntad humana como ajustada sólo a motivaciones constituye la sola fundamentación científica para tales estudios. Felizmente, no es necesario sumar otro ejemplo más a la lista de exposiciones acerca de la intervención sobrenatural y la causación natural, la libertad, la predestinación y la responsabilidad. Démonos prisa por dejar las regiones de la filosofía trascendental y la teología para avanzar, en un viaje más alentador, por un terreno más viable. Ninguno negará, debido al testimonio de su propia conciencia, que las causas naturales y concretas determinan en gran medida la acción humana. Por lo tanto, es preferible dejar de lado las interferencias sobrenaturales y la espontaneidad inmotivada, y admitir la existencia de las causas y los efectos naturales como nuestra base y permanezcamos en ella mientras pueda sostenernos. Sobre estas mismas bases las ciencias físicas persiguen, siempre con mayores logros, la indagación de las leyes de la naturaleza. Pero no se vuelve necesario que tales limitaciones perturben el estudio científico de la vida humana, dado que las verdaderas dificultades radican en la enorme complejidad de los datos y la imperfección de los métodos de observación.


Sin embargo, parece que esta concepción de la voluntad y la conducta humana que se someten a las leyes concretas, es reconocida y manejada de hecho, por las mismas personas que se oponen a ella cuando se habla en abstracto como un principio general, lamentándose entonces de que destruye el libre albedrío del hombre, termina con su sentido de la responsabilidad personal y lo degrada al transformarlo en una maquinaria sin alma. Ahora bien, las personas que afirman esto dedican gran parte de su propia vida estudiando las motivaciones que provoca la acción humana, queriendo alcanzar sus deseos mediante ellas, elucubrando teorías de carácter personal, reconociendo cuáles son los efectos probables de las nuevas combinaciones y otorgando a sus razonamientos el carácter final de la verdadera investigación científica, dando por supuesto que si sus cálculos resultan errados, se ha debido a que sus datos son falsos o incompletos o su juicio ha sido imperfecto. Esa persona resumirá su experiencia de años anteriores en relaciones complejas con la sociedad declarando su convicción de que todo lo que sucede tiene una razón en la vida y que cuando los hechos parecen inexplicables, la norma es tener paciencia y observar con la ilusión de que en algún momento se encontrará la clave del problema. Esta observación humana puede resultar tan limitada como han resultado prejuiciosas y groseras sus deducciones, pero, a pesar de ello, se ha convertido en un filósofo inductivo «durante más de cuarenta años sin saberlo». En la práctica reconoce las leyes concretas del pensamiento y de la acción del hombre, pero no ha tenido en cuenta en sus observaciones sobre la vida la trama del albedrío inmotivado y la espontaneidad sin causa. En este lugar se supone que no deben considerarse, por lo mismo, en estudios más amplios y que la verdadera filosofía de la historia consiste en acrecentar y afinar los métodos de la gente común que establece sus juicios a partir de los hechos, y ponerlos a prueba a la luz de los nuevos datos. Lo mismo si la doctrina es verdadera en su totalidad como cuando lo es en parte, acepta la misma situación desde la que buscamos nuevos conocimientos en las lecciones de la experiencia, y para decirlo de una vez, todo el decurso de nuestra vida racional se basa en ella.


«Un acontecimiento es hijo de otro y nunca debemos dejar de lado la familia» es una observación que el jefe bechuana hizo al misionero africano Casalis. De tal modo, en todas las épocas y con la intención de ser algo más que meros cronistas, los historiadores han procurado no limitarse a presentar simplemente la sucesión sino la conexión de los acontecimientos en su narración. Especialmente, se han preocupado por elucidar los principios generales del accionar humano, explicando expresamente o dando por tácitamente admitida la existencia de una filosofía de la historia. En caso de que se negara la posibilidad de establecer de este modo leyes históricas podríamos remitirnos a la respuesta que Boswell diera de Johnson: «Entonces, Ud. reduce por completo la historia a una suerte de calendario». Y, sin embargo, no debe sorprender a quienes consideran la abrumadora complejidad de los problemas que se plantean ante el historiador general que los trabajos de tantos pensadores ilustres sólo hayan permitido que la historia llegase a los umbrales de la ciencia. El historiador extrae sus conclusiones de datos tan variados y al mismo tan dudosos que es difícil alcanzar una visión completa y clara de su participación en una cuestión concreta y, por lo tanto, parece casi ineludible la intención de extraerlos en apoyo de alguna teoría mediocre y dada del curso de los acontecimientos. La filosofía de la historia que analiza los fenómenos de la vida del hombre en el pasado y pronostica el futuro por medio de leyes generales, es una materia realmente muy difícil de totalizar, especialmente en el actual estado de nuestros conocimientos, aun cuando la encarase un genio que contara con el apoyo de una vasta investigación. A pesar de todo existen algunas de sus especializaciones que se nos presentan como más accesibles. Si limitamos el campo de la investigación del conjunto de la historia a lo que aquí hemos denominado cultura, la historia no de las tribus y las naciones, sino de las condiciones del conocimiento, la religión, el arte, las costumbres y otras semejantes, el estudio queda circunscripto a límites más factibles. Pero todavía nos hallamos frente a las mismas dificultades que entorpecían un tratamiento más extenso aunque ahora más restringidas. Los datos no son tan caprichosamente heterogéneos sino que permiten su clasificación y comparación de una forma más simple, así como la posibilidad de desembarazarse de los asuntos exógenos y encarar cada tema dentro de su marco adecuado de datos, en conjunto hace posible un razonamiento sólido mucho más posible que en el caso de la historia general. Partiendo de un breve examen preliminar del problema, los fenómenos de la cultura pueden clasificarse y ordenarse, etapa tras etapa, en un probable orden de evolución.
Después que se los analiza con una visión amplia, el carácter y el hábito de la especie humana muestran a un tiempo esa igualdad y consistencia de los fenómenos que han dado origen a declarar, según los proverbios italianos, que «todo el mundo es el país», «tutto il mondo è paese». La igualdad general de la naturaleza humana, por un lado y la igualdad general de las condiciones de vida, por el otro, esta similitud y consistencia, sin duda, pueden trazarse y estudiarse con especial competencia cuando se comparan razas con un grado de civilización aproximado. En tales comparaciones no hace falta dedicar mucha atención a las fechas históricas o a la situación geográfica: los antiguos suizos que habitaban en lagos pueden colocarse junto a los aztecas medievales, y los ojibwa de Norteamérica con los zulúes del sur de África. Como ya había afirmado el Dr. Johnson cuando leyó sobre los habitantes de la Patagonia y los pobladores de los mares del Sur, en los viajes de Hawkesworth, «un conjunto de salvajes es como otro cualquiera». Todo museo etnológico puede demostrar la veracidad de tal afirmación. Examinemos, por ejemplo, los instrumentos con filo y con punta de una colección: el inventario incluye hachas, azuelas, cinceles, cuchillos, sierras, rascadores, leznas, agujas, lanzas y puntas de flechas y en su mayoría, con sólo ligeras variantes de detalles pertenecen a las más diversas razas. Sucede lo mismo con las ocupaciones de los salvajes; la tala de árboles, la pesca con red y sedal, los juegos de lanzar y alancear, encender el fuego, cocinar, enrollar cuerda y trenzar cestos, se repiten con hermosa uniformidad en los anaqueles de los museos que ilustran la vida de las razas inferiores de Kamchatka a la Tierra del Fuego, o de Dahomey a Hawai. Aun cuando se llega a comparar las hordas bárbaras con las naciones civilizadas se nos impone la consideración de hasta qué punto un artículo tras otro de la vida de las razas inferiores se continúa empleando para análogos procesos por las superiores con formas no lo suficientemente cambiadas para que resulten irreconocibles y a veces muy poco modificados. Vemos cómo el moderno campesino europeo utiliza aún su hacha y su azada, cómo su comida se cocina sobre el fuego de madera, el lugar exacto que ocupa la cerveza en su valoración de la felicidad, su relato del fantasma de la casa encantada más próxima y de la sobrina del granjero que fue embrujada con nudos en sus vísceras hasta que cayó en espasmos y murió. De ahí que si tomamos de este modo las cosas que han sufrido poca alteración a través de los siglos podremos trazar un cuadro donde habrá poca diferencia entre el labrador inglés y el negro del África central. Estas páginas se hallan tan atestadas de datos sobre la correspondencia entre la especie humana que no es preciso detenernos en detalles, sin embargo, puede resultarnos útil rechazar desde el primer momento un problema que puede complicar el tema, la cuestión de las razas. Lo deseable sería la eliminación de consideraciones sobre las variedades hereditarias de razas humanas y tratar a la humanidad como homogénea en naturaleza, pero situada en distintos grados de civilización. Considero que los detalles del análisis demostrarán que son comparables las etapas de la cultura sin tener en cuenta hasta qué punto las tribus que utilizan los mismos utensilios, siguen las mismas costumbres o creen en los mismos mitos, pueden diferir en su conformación corporal, el color de su piel o su pelo. El primer paso para estudiar a la civilización consiste en separarla de detalles y clasificar éstos en los grupos adecuados. De este modo, si examinamos las armas, debemos clasificarlas en lanzas, palos, hondas, arcos y flechas y así sucesivamente. Entre las artes textiles conviene distinguir la fabricación de esteras y redes y los distintos grados de producción y tejido de hilos; los mitos se dividen, según los encabezamientos en mitos de la salida y la puesta del sol, mitos de los eclipses, mitos de los terremotos, mitos locales que explican los nombres de los lugares mediante cuentos maravillosos, mitos eponímicos que explican el origen de la tribu derivando su nombre del de un imaginario antepasado; según los ritos y ceremonias tienen lugar prácticas como las distintas clases de sacrificios que se llevan a cabo a los espíritus de los muertos y a los otros seres espirituales, al orientarse hacia el este para el culto, la purificación del ceremonial o la limpieza moral a través del fuego o del agua. Los anteriores son sólo unos cuantos ejemplos tomados de la inmensa lista y la tarea del etnógrafo es clasificar tales detalles con la perspectiva de descifrar su distribución en la geografía y en la historia y la relación que existe entre ellos.


Esta tarea puede ejemplificarse casi perfectamente comparando estos detalles de la cultura con las especies vegetales y animales como son estudiadas por los naturalistas. Según el etnógrafo, el arco y la flecha es una especie, la costumbre de aplastar el cráneo a los niños es una especie, la práctica de reconocer los números por decenas es una especie. La distribución geográfica de estas cosas y su transmisión de una región a otra deben estudiarse como el naturalista estudia la geografía de sus especies botánicas y zoológicas. Así como ciertas plantas y animales son peculiares de determinados distritos, sucede lo mismo con instrumentos como el boomerang australiano, el palo y la ranura polinesia de encender el fuego, los arcos pequeños y las flechas que se usan como lancetas en las tribus del istmo de Panamá al igual que muchos mitos, artes y costumbres que se encuentran aislados en zonas concretas. Como el inventario de todas las especies de plantas y animales representa la flora y la fauna, del mismo modo los artículos de la vida general de un pueblo representa ese conjunto que llamamos cultura. Y al igual que en las regiones remotas suelen aparecer vegetales y animales que son análogos, aunque no idénticos, así sucede con los detalles de la civilización de sus habitantes. En cuanto a que si existe una real analogía entre la difusión de las plantas y los animales y la difusión de la civilización, aparece bien visible cuando nos percatamos de que ambas han sido producidas al mismo tiempo por las mismas causas. Distrito tras distrito, las mismas causas que han introducido las plantas cultivadas y los animales domésticos han traído con ellas el arte y el conocimiento correspondientes. Los mismos acontecimientos que posibilitaron la llegada de caballos y trigo a América, trajeron con ellos el uso del fusil y del hacha de hierro, al mismo tiempo que el resto del mundo recibía no sólo el maíz, las patatas y los payos sino también la costumbre de fumar tabaco y la hamaca de los marinos. Vale la pena que tengamos en cuenta la cuestión de que las descripciones de fenómenos culturales similares que se repiten en distintas partes del mundo, realmente aportan una prueba accidental de su propia autenticidad. Respecto a este asunto, hace algunos años, un historiador me hizo la siguiente pregunta: «¿Cómo pueden calificarse de datos las exposiciones de las costumbres, mitos, creencias, etc. de una tribu salvaje si se basan en el testimonio de algún viajero o misionero que puede resultar un observador superficial, medianamente ignorante de la lengua local, un narrador descuidado de una charla sin selección, una persona con prejuicios o quizás obstinadamente mentirosa?». Por supuesto que esta cuestión debe estar siempre presente en los análisis del etnógrafo. Porque se halla obligado a considerar del mejor modo posible la veracidad de todos los autores que cita y si fuera posible, a utilizar varias descripciones que certifiquen cada punto de cada localidad. Pero por encima de todas estas medidas de precaución está la prueba de la repetición. Si dos viajeros independientes a diversos países, por ejemplo, un musulmán medieval a Tartaria y un inglés contemporáneo a Dahomey, o un misionero jesuita en Brasil y un wesleyano en las islas Fiji, coinciden en describir algún arte, rito o mito análogo entre los pueblos que han conocido resulta difícil o imposible atribuir esta coincidencia a algo accidental o a una falacia voluntaria. La historia de un guardabosques de Australia puede objetarse quizás como un error o invención, pero, ¿conspira con él el ministro metodista de Guinea para engañar al público narrando el mismo relato? Descartamos la cuestión de una mistificación intencional o no cuando las cosas suceden de tal modo que se hace una exposición similar en dos países remotos por dos testigos tales que A vivió un siglo antes que B y B se supone que nunca conoció a A. Con solo observar las notas al pie de página de la presente obra no son necesarias mayores comprobaciones de hasta qué punto son distantes los países, separadas las fechas, diferentes los credos y los caracteres de los observadores en el catálogo de los datos sobre la civilización. Y cuanto más extraña resulta la observación es menos probable que varias personas en distintos lugares puedan haberla hecho equívocamente. Siendo así, parece razonable estimar que las exposiciones generalmente se hacen con veracidad y que su estrecha y regular coincidencia se debe a que se recogen los mismos hechos en diferentes distritos culturales. Ahora bien, de esta forma se garantizan los datos más importantes de la etnografía. La experiencia lleva al estudioso, al cabo de algún tiempo, a esperar y encontrar que los fenómenos culturales, a consecuencia de las causas iguales que actúan con gran amplitud, se repiten varias veces en el mundo. Por otra parte desconfía de las exposiciones aisladas puesto que no conoce parangón en otro lugar y aguarda a que su autenticidad quede demostrada por descripciones similares de otro punto del globo o de otro extremo de la historia. De hecho, este medio de autentificación es tan poderoso que el etnógrafo, en su estudio, a veces puede decidir, no sólo si un concreto explorador es un observador honesto y perspicaz sino también si lo que cuenta se adecua a las reglas generales de la civilización. «Non quis, sed quid».


Veamos ahora no ya la distribución de la cultura en los distintos países sino su difusión dentro de dichos países. La cualidad de la especie humana que más ayuda a tornar posible el estudio sistemáticos de la civilización es el notable acuerdo o el consenso tácito que hasta el momento mueve a completas poblaciones a unirse en el uso de la misma lengua, a practicar la misma religión y las costumbres tradicionales, a asentarse en el mismo nivel general del arte y conocimientos. Debido a ello es que resulta posible representar las inmensas masas de detalles por unos pocos datos característicos y una vez asentados, los siguientes casos recogidos por nuevos observadores ocupan simplemente su sitio para demostrar lo acertado de la clasificación. De ahí que descubramos que es tan grande la regularidad en la composición de las sociedades humanas que podemos dejar de lado las diferencias individuales y así generalizar sobre las artes y las opiniones de naciones enteras, como cuando vemos un ejército desde una colina y nos olvidamos de los soldados individuales, quienes de hecho apenas pueden distinguirse de la masa, mientras cada regimiento, como un cuerpo organizado, que se extiende o se concentra, se desplaza avanzando o en retirada. En algunas ramas del estudio de las leyes sociales resulta posible ahora solicitar la colaboración de la estadística y aislar, por medio de inventarios de cobradores de impuestos o de tablas de oficina de seguros, algunas acciones concretas de las comunidades humanas muy entremezcladas. Entre las modernas conclusiones acerca de las leyes de la acción humana ninguna ha sido tan tenida en cuenta como las generalizaciones de M. Quételet sobre la regularidad, no sólo en lo que se refiere a la estatura media y los índices anuales de natalidad y defunción, sino en la repetición, año tras año, de productos tan oscuros y aparentemente incalculables de la vida nacional como las cifras de asesinatos y suicidios y la proporción de las mismas armas criminales.


Otro cómputo llamativo son la regularidad del número de personas que mueren accidentalmente en las calles de Londres y del número de correspondencia sin dirección que se deposita en los buzones de correos. Pero cuando analizamos la cultura de las razas inferiores, al no contar con los datos aritméticos de la moderna estadística, debemos conformarnos con juzgar la situación de las tribus sólo en base a las descripciones imperfectas que otorgan los viajeros o los misioneros así como razonar sobre las reliquias de las razas prehistóricas cuyos mismos nombres y lenguas se ignoran sin la más mínima esperanza. Ahora bien, a simple vista, estos materiales pueden aparecer como sumamente incompletos y poco prometedores para la investigación científica. Y sin embargo, no son incompletos ni poco veraces sino que proporcionan datos válidos y concretos dentro de sus posibilidades. Estos datos por la forma diferenciada en que denotan la situación de la tribu correspondiente, son capaces de soportar la comparación con los productos de la estadística. Sucede que una punta de flecha de piedra, un bastón tallado, un ídolo, una pira funeraria en que se han enterrado esclavos y propiedades para uso del difunto, una descripción de los ritos de un hechicero para provocar la lluvia, una tabla de numeración, la conjunción de un verbo, son cosas que por sí solas manifiestan la situación de un pueblo en un punto concreto de la cultura con la misma veracidad con que lo hacen los números tabulados de defunciones a causa de venenos y de cajas de té importadas, mostrando otros resultados parciales de la vida general de toda una comunidad. El hecho de que una nación posea un traje especial, armas y herramientas especiales, leyes especiales sobre el matrimonio y la propiedad, doctrina religiosa y moral especial, constituye una razón destacable que no apreciamos en su justo valer porque pasamos la vida inmersos en ellos. La etnografía debe ocuparse especialmente de tales cualidades generales de las masas de los hombres organizados. Pero aún cuando se generalice sobre la cultura de una tribu o de una nación dejando de lado las particularidades de los individuos que la integran por carecer de importancia para el resultado principal, debemos no descuidar lo que compone este resultado principal. Existen estudiosos que se dejan atrapar de tal modo por las vidas de los individuos que no alcanzan a comprender la noción de la acción de la comunidad como conjunto; tal observador, incapaz de una amplia visión de la sociedad se ejemplifica perfectamente con el dicho de que “los árboles no le permiten ver el bosque”. Pero, por lo demás, el filósofo aplicado sólo a las leyes generales de la sociedad puede olvidarse de los actores individuales que integran la sociedad y también de él podemos decir que el bosque le impide ver los árboles.


Las artes, las costumbres y las ideas se conforman dentro de nosotros por la acción combinada de muchos individuos, aun cuando los motivos y los efectos puedan aparecer perfectamente diferenciados ante nuestro análisis. La historia de un invento, una opinión o una ceremonia es la historia de la sugerencia y la modificación, el estímulo y la oposición, el beneficio personal y el prejuicio partidista y en las que los individuos implicados actúan cada uno guiado por sus propias motivaciones, determinadas a su vez por su carácter y circunstancias. Es así que, a veces observamos a individuos que actúan por sus propios fines sin considerar sus efectos posteriores sobre la sociedad mientras que en otras ocasiones estudiamos movimientos del conjunto de la vida nacional, donde los individuos que cooperan en ellos no entran dentro de nuestra observación. Ahora bien, si consideramos que la acción social colectiva es la resultante lógica de muchas acciones individuales, es evidente que ambos métodos de investigación, usados correctamente, deben ser absolutamente coherentes. Cuando se analiza la repetición de las costumbres o las ideas concretas en distintos distritos, así como su predominio en cada distrito, se ofrecen a nuestra vista pruebas, que se repiten constantemente, de la causación regular de da origen a los fenómenos de la vida humana y de las leyes de mantenimiento y difusión según los males constantes de la sociedad en los estadios concretos de la cultura.


Pero, aunque concedamos la mayor importancia a los datos relativos a estas condiciones normales de la sociedad, debemos tener cuidado en evitar el peligro que acecha al estudioso incauto. Por supuesto que las opiniones y los hábitos que son el patrimonio común de las masas de la humanidad son, en gran medida, el resultado de un juicio correcto y una sabiduría práctica. Aunque en buena medida no resulta siempre así. Aun cuando muchas sociedades humanas hayan reído en la influencia del mal de ojo y la existencia de la bóveda celeste, hayan sacrificado esclavos y bienes a los espíritus e los desaparecidos, hayan superado tradiciones sobre gigantes que matan monstruos y hombres que se convierten en fieras, podemos alegar que fue producido en los entendimientos de los hombres por causas eficientes, pero no es razonable sostener que los ritos enumerados sean beneficiosos, las creencias correctas y la historia verdadera. A simple vista parece que nos halláramos frente a una verdad de perogrullo, sin embargo es la negación de una falacia que afecta el entendimiento de toda la humanidad, con excepción de una reducida minoría crítica. Como se dice popularmente, lo que dice todo el mundo debe ser cierto, lo que hace todo el mundo debe estar bien hecho. «Quod ubique, quod semper, quod ab omnibus creditum est, hoc est ver proprieque Catholicum». Existen diversos tópicos, especialmente en la historia, el derecho, la filosofía y la teología, donde aún las personas educadas entre las que vivimos no alcanzan a comprender que la causa de que los hombres sostengan una opinión o practiquen una costumbre, no constituye necesariamente una razón para que tengan que hacerlo de ese modo. De ahí que las colecciones de datos etnográficos demuestran claramente que el acuerdo de inmensas multitudes de hombres sobre determinadas tradiciones, creencias y usos sólo pueden ser utilizados como defensa directa de las mismas instituciones; que incluso las antiguas naciones bárbaras son convencidas para que mantengan sus opiniones contra las llamadas ideas modernas. Varias veces he podido comprobar personalmente que mis colecciones de tradiciones y creencias se institucionalizan para probar su propia verdad objetiva, sin un examen adecuado de las razones por la que fueron admitidas, de modo que quiero dejar sentado que la misma argumentación sirve igualmente bien para demostrar con el fuerte y amplio consentimiento de las naciones que la tierra es plana y que la venida del demonio es una pesadilla.
Tal como hemos demostrado sobre la conveniencia de clasificar los detalles de la cultura en gran número de grupos etnográficos, de artes, creencias, costumbres, se plantea el problema de hasta qué punto los hechos organizados en estos grupos se han producido evolucionando unos de otros. Pues, es innecesario aclarar que los grupos en cuestión, de ninguna manera están definidos con exactitud. Tomando como ejemplo nuevamente la historia natural, encontramos aquí especies que tienden a dividirse rápidamente en variedades. Pero cuando se trata de considerar las relaciones entre los grupos resulta evidente que el investigador de la cultura tiene una gran ventaja respecto al estudioso de las especies de plantas y animales. Los naturalistas se plantean el problema de si la teoría de la evolución de una especie a otra es una descripción de lo que realmente ocurre o un simple esquema ideal provechoso para la clasificación de las especies, cuyo origen ha sido realmente independiente. Pero para los etnógrafos no existe la duda sobre la posibilidad de que las especies de instrumentos, hábitos o creencias hayan evolucionado unos de otros, dado que la evolución de la cultura es reconocida por nuestro conocimiento cotidiano. Como ejemplos adecuados de tipo de desarrollo que en el futuro sufre la civilización tenemos las invenciones mecánicas. En la historia de las armas de fuego hallamos que la tosca llave de rueda, en que una rueda de acero dentada daba vueltas por medio de un muelle contra un trozo de pirita hasta que una chispa prendía en el cebo, condujo a la invención de la utilísima llave de chispa, de la que todavía cuelgan algunas en las cocinas de nuestras granjas para que los niños maten pájaros para Navidad; esta misma llave de chispa, pasado el tiempo, se convirtió con ciertas modificaciones en la llave de percusión, que actualmente cambia de nuevo su antiguo dispositivo para pasar de cargarse por la boca a cargarse por la recámara. El astrolabio medieval se trasformó en el cuadrante, que a su vez ha sido descartado ahora por los marinos, que utilizan el sextante, más delicado, y así pasa la historia, de un arte y un instrumento a otro. Estos ejemplos de progresión no se presentan como historia directa, pero la noción de desarrollo se haya tan adherida a nuestro razonamiento que debido a ello reconstruimos sin mayores problemas la historia perdida, confiando en los principios generales del pensamiento y la acción del hombre como guía para ordenar de modo correcto los hechos. Y aún cuando la crónica explique o guarde silencio al respecto, comparando un arco con una ballesta nadie dudará de que la segunda ha sido una evolución del instrumento más simple. Observando los taladradores para encender por fricción es evidente que el taladrador que funciona con cuerda o arco es una perfección posterior del instrumento primitivo más burdo que se hacía girar entre las manos. Esa instructiva clase de especimenes que a veces descubren los anticuarios, bronces celtas modelados según el modelo de la pesada hacha de piedra, son difícilmente explicables si no los consideramos como los primeros pasos en la transición de la edad de piedra a la edad de bronce, en la que pronto se descubre que el nuevo material es apropiado para un diseño más manejable y menos ruinoso. Del mismo modo en las restantes ramas de nuestra historia, reiteradamente se presentan ante nosotros series de hechos que pueden disponerse coherentemente unos detrás de otros, en un orden concreto evolutivo, pero que resultan difíciles de invertir y hacerles seguir un orden contrario. Así son, por ejemplo, los datos que he añadido en un capítulo sobre el arte de contar, que sirven para demostrar que, en este aspecto de la cultura, las tribus salvajes han llegado a su situación por medio del aprendizaje y no perdiendo lo aprendido sino mediante la elevación desde lo inferior más bien que por disminución de una situación superior.


Entre los datos que sirven para rastrear el curso que ha seguido en realidad la civilización del mundo se hallan la gran clase de hechos que me ha parecido correcto denominar con el término “supervivencias”. Se trata de procesos, costumbres, opiniones, etc., que la fuerza de la costumbre ha transportado a una situación de la sociedad distinta de aquella en que tuvieron su expresión original y, de este modo, persisten como pruebas y ejemplos de la antigua situación cultural, partiendo de la cual se ha llegado a la nueva. De tal modo conozco a una viejecita de Somerset-shire, cuyo telar a mano data de la época anterior a la introducción de la “lanzadera volante”, y que nunca ha podido aprender a utilizar y he observado cómo tiraba su lanzadera de mano a mano de la forma verdaderamente clásica; esta anciana no se halla retrasada un siglo respecto de su tiempo sino que constituye un caso de supervivencia. Estos ejemplos pueden retrotraernos a los hábitos de hace cientos o miles de años, la fogata del solsticio de verano es una supervivencia. La simple perseverancia de las costumbres antiguas es sólo un aspecto de la transición de lo antiguo a lo nuevo y de los tiempos cambiantes. Los hechos importantes de la sociedad antigua pueden verse transformados en juegos de las generaciones posteriores y sus serias creencias reducirse al folklore infantil, mientras que las costumbres que continúan de la vida del viejo mundo pueden modificarse en forma del nuevo mundo todavía influyentes para bien o para mal. A veces los viejos pensamiento y prácticas surgen de nuevo para sorpresa de un mundo que las creía muertas o en trance de desaparecer desde hacía mucho tiempo; en tales circunstancias las supervivencias se han convertido en renacimientos, tal como últimamente se ha dado de modo tan ostentoso con la historia del moderno espiritualismo, un ejemplo muy instructivo desde el punto de vista del etnógrafo. De hecho el estudio de los fundamentos de las supervivencias posee una importancia práctica, dado que la mayoría de lo que llamamos superstición está incluido en las supervivencias, quedando de este modo al descubierto frente a su más mortal enemigo: la explicación lógica. Especialmente, aun cuando sean insignificantes en sí mismas la mayor parte de las supervivencias, su análisis es tan efectivo para rastrear el curso de la evolución histórica, sólo por medio del cual es posible comprender su significación, que se convierte en un aspecto vital de la investigación etnográfica alcanzar una visión lo más clara posible de su naturaleza. Con ello justificamos las páginas dedicadas al examen de las supervivencias, partiendo de juegos, dichos populares, costumbres, supersticiones y otras más que puedan ayudar a sacar a luz la forma en que funcionan.
El progreso, la degradación, la supervivencia, el renacimiento, la modificación, son modos de la conexión que mantienen unida la compleja red de la civilización. Solamente observando los detalles triviales de nuestra vida cotidiana comprendemos qué lejos estamos de ser los transmisores y modificadores de los productos de los tiempos pasados. Cuando miramos el cuarto que habitamos, comprobamos fácilmente qué lejos nos hallamos aún de comprender nuestro propia tiempo. En un lugar se halla la “madreselva” de Asiria, en otro la fleur-de-lis de Anjou, alrededor del techo hay una cornisa con una guarda griega, el estilo Luis XIV y su antecesor el Renacimiento se reparten el espejo. Por obra de la transformación, el traslado o la mutilación, los mismos elementos llevan todavía su historia claramente impresa en ellos; y si la historia más antigua es menos fácil de leer, no podemos argumentar que, como no somos capaces de distinguirla con claridad, allí no existe historia. Y así sucede hasta con la ropa de vestir masculina. Las colas de las chaquetas de los postillones alemanes demuestran fehacientemente cómo han llegado a degenerar en tan absurdos rudimentos; pero los cuellos (bands) de los clérigos ingleses no sobrepasan ya su historia al ojo y resultan absolutamente inexplicables si no se consideran las etapas intermedias por las que ha pasado, desde los más útiles cuellos anchos, tal como el que lleva Milton en su retrato, y que tomaban su nombre de la “caja de cartón” (band-box) donde se guardaban. También los documentos sobre trajes que nos muestran cómo una prenda creció o se redujo por etapas graduales y se transformó en otra, ilustran con mayor fuerza y claridad la naturaleza del cambio y el crecimiento, el renacimiento y la decadencia que se suceden año tras año en cuestiones más importantes de la vida. Incluso podemos comprobar que también el autor del libro no sólo en sí mismo y por sí mismo sino ocupando el puesto que le corresponde en la historia; en cada filósofo, matemático, químico o poeta vemos el trasfondo de su educación: en Leibniz a Descartes, en Dalton a Priestley, en Milton a Homero. El estudio del lenguaje es quien más ha aportado para que dejemos de lado nuestra concepción de la acción y el pensamiento humanos como invención azarosa y arbitraria, sustituyéndola por una teoría de la evolución mediante la cooperación de los hombres individuales, por medio de procesos razonables e inteligibles cuando se conocen todos los datos. Aun cuando la ciencia de la cultura se halle en estado rudimentario se están volviendo fuertes los síntomas de que los fenómenos que parecen más espontáneos e inmotivados pueden demostrarse, no obstante, que están comprendidos en un campo de causa-efecto del mismo modo que los hechos de la mecánica. ¿Acaso los mitos y las fábulas no son consideraciones popularmente como los productos de la imaginación mayormente indeterminados e incontrolables? Y sin embargo, cualquier estudio sistemático de la mitología que parta de una recolección previa de datos evidenciará en tales esfuerzos de la imaginación, a la vez, una evolución de etapa a etapa y la producción de una uniformidad a consecuencia de la uniformidad de la causa. En este caso, como en muchos otros, la espontaneidad inmotivada parece retroceder más y más al refugio rodeado por los negros precintos de la ignorancia, es decir, el azar, que aún entre el vulgo se presenta como la verdadera causa de los acontecimientos de otro modo inexplicables, mientras que para las personas cultas desde hace tiempo que no significa nada si no es esta misma ignorancia. Siempre que el ser humano no puede deducir la conexión de los acontecimientos se deja atrapar por las nociones de impulsos arbitrarios, caprichos sin causa, azar absurdo e indefinida inexplicabilidad. Si los juegos infantiles, las costumbres sin objetivo y las supersticiones absurdas se consideran espontáneos porque nadie puede afirmar exactamente cómo suceden, tal afirmación puede recordarnos el efecto similar que los excéntricos hábitos de plantar arroz silvestre tuvieron sobre la filosofía de una tribu de pieles rojas, en otro caso dispuesta a ver en la armonía de la naturaleza los efectos de una voluntad personal que los gobernase. El Gran Espíritu, dicen los teólogos sioux, hizo todas las cosas excepto el arroz silvestre, pero el arroz silvestre apareció por casualidad.


«El hombre», dijo Wilhelm von Humboldt, «siempre asocia lo que está al alcance de la mano (der Mensch knupft immer an Vorhandenes an)». Esta noción de la continuidad de la civilización contenida en estas palabras no es ningún principio filosófico ya perimido sino uno práctico, por la consideración de que aquellos que desean entender sus propias vidas deben conocer las etapas por las que sus opiniones y hábitos han llegado a ser lo que son. Auguste Comte escasamente sobrevaloró la necesidad de este estudio de la evolución cuando declara al comienzo de su Filosofía Positiva que «ninguna concepción puede entenderse excepto a través de la historia» y esta frase se presta para alcanzar también a la cultura.
Intentar ver la superficie de la vida moderna y conocerla por medio de una observación simple demuestra ser una filosofía de endeble argumentación. Tratemos de imaginar la explicación del trivial dicho “me lo dijo un pajarito” (a little bird told me) sin conocer previamente la vieja creencia del lenguaje de los pájaros y las bestias, de la que el Dr. Dasent, en su introducción a los Cuentos Noruegos demostró sus orígenes. Los comentarios de Blackstone sirven como ejemplo de los intentos por explicar por medio de la razón asuntos que necesitan la luz de la historia para mostrar su significación. Según la teoría de Blackstone, el derecho de los plebeyos a llevar sus bestias a pastar a las tierras comunales tiene su origen y explicación en el sistema feudal. «Pues cuando los señores de los feudos concedían parcelas de tierra a los arrendatarios, por servicios realizados o por realizar, estos arrendatarios no podían mantenerse sin pastos y los pastos, a su vez, no podían conseguirse sino en los baldíos del señor y en las tierras de barbecho no cercadas de ellos y de los otros arrendatarios. De ahí que la ley llevase anejo el derecho de las tierras comunales como algo inseparable de la concesión de las tierras; y éste fue el origen de la tierra comunal», etc. Y sin embargo, aunque no hallemos nada reprobable en esta explicación, está en desacuerdo con la ley teutónica de la tierra que prevaleció en Inglaterra desde mucho antes de la conquista normanda y cuyos residuos nunca han desaparecido por completo. En la antigua comunidad de aldea, incluso la tierra cultivable, situada en los grandes campos comunales aún comprobables en nuestro país, no había pasado todavía a constituir propiedades aisladas, mientras que los pastos de los barbechos y los rastrojos y los baldíos pertenecían en común a los cabezas de familia. Desde aquél entonces, el cambio de la propiedad comunal a la individual ha transformado en su mayor parte este sistema del viejo mundo, pero aún se mantienen los derechos que disfruta el campesino de que su ganado paste en la tierra comunal, ya no como una concesión del señor feudal sino en cuenta que los plebeyos la poseían antes de que el señor reclamara la propiedad del baldío. Ahora bien, siempre resulta arriesgado separar una costumbre del resto de los acontecimientos pasados, tratándola como un hecho aislado del que uno puede dar cuenta sólo con una explicación posible».
Al realizar la gran tarea de la etnografía racional, el análisis de las causas que han provocado los fenómenos culturales y las leyes a que están subordinados, lo aconsejable es alcanzar un esquema lo más sistemático posible de la evolución de esta cultura en sus muchas líneas.
En el capítulo siguiente, en que se expone el desarrollo de la cultura, se busca hacer un esbozo del curso teórico de la civilización de la especie humana, tal como en conjunto parece concordar mejor con los datos. Cuando se comparan los diferentes estadios de civilización entre las razas conocidas por la historia, con el aporte de las deducciones arqueológicas basadas en los residuos de las tribus prehistóricas, creemos posible juzgar aproximadamente la temprana situación general del hombre, que desde nuestro punto de vista debe considerarse como una situación primitiva, cualquiera haya sido la situación anterior que pueda haberla precedido. Esta hipotética situación primitiva corresponde en un grado considerable a la de las modernas tribus salvajes, que, no obstante su indiferencia y lejanía, poseen en común ciertos elementos de la especie humana. Entonces, a pesar de la continua aparición de la degeneración, si esta hipótesis fuera válida, la principal tendencia de la cultura desde los orígenes a los tiempos modernos sería del salvajismo hacia la civilización. En los capítulos sucesivos trataremos del problema de la relación entre la vida civilizada y la vida salvaje a través de los miles de datos aportados. Las supervivencias culturales se sitúan a todo lo largo del curso de los hitos de la civilización en estado de progreso, quienes están llenos de significación para quienes alcanzan a descifrar sus signos, incluso ahora constituyen en medio de nosotros, momentos tempranos del pensamiento y la vida de los bárbaros. Su investigación sirve de apoyo a la teoría de que los europeos pueden hallar muchos rasgos para reconstruir el cuadro de sus propios antepasados primitivos entre los habitantes de Groenlandia o los maoríes. Luego pasamos a considerar el problema del origen del lenguaje. Aun cuando se mantienen en la sombra muchos aspectos de este problema, sus planteamientos más claros se ocupan de investigar si el lenguaje tuvo sus orígenes en la humanidad en estado salvaje y el resultado de la investigación en que, según los datos aportados, así debe hacer sucedido. Una consecuencia mucho más concreta se demuestra a partir del arte de contar. Con toda seguridad puede afirmarse que no sólo se encuentra este importante arte en estado rudimentario entre las tribus salvajes sino que datos satisfactorios comprueban que la numeración se ha desarrollado por invención racional desde un estadio inferior hasta el nuestro. En el primer tomo, el examen de la mitología se ha hecho en su mayoría desde la perspectiva especial, sobre los datos recogidos para propósitos especiales, de investigar la relación entre los mitos de las tribus salvajes y sus analogías en las naciones más civilizadas. El tema de tal investigación va más allá para demostrar que los primeros creadores de mitos aparecieron y florecieron en las hordas salvajes, dando origen a un arte que más tarde continuaron sucesores más culturalizados hasta que sus productos se fosilizaron en la superstición, se tomaron equivocadamente por historia, se conformaron y cubrieron de ropaje poético o se dejaron de lado por extravagancias falaces.


Es en el estudio de la religión donde se necesitan con mayor fuerza las concepciones amplias de la evolución histórica. No obstante todo lo que se ha escrito para que el mundo se familiarice con las teologías inferiores, las ideas populares de su lugar en la historia y de su relación con los credos de las naciones superiores continúan siendo de tipo medieval. Resulta interesante comparar los diarios de algunos misioneros con los Ensayos de Max Muller y colocar el odio y el ridículo incapaz de apreciación que el celo hostil y estrecho prodiga contra el brahamanismo, el budismo y el zoroastrismo, junto a la simpatía católica con que un conocimiento profundo y amplio puede examinar aquellas fases antiguas y nobles de la conciencia religiosa del hombre; y tampoco por la razón de que la religión de las tribus salvajes pueda ser grosera y primitiva, en relación con los grandes sistemas asiáticos, está situada en una posición demasiado baja para merecer interés e incluso respeto. El problema se plantea en términos de comprensión o no comprensión. Aquellos que han logrado dominar los principios generales de la religión salvaje jamás volverán a considerarla ridícula o su conocimiento superfluo para el resto del mundo. Sus creencias y prácticas están lejos de ser un montón de basura de distintas extravagancias, por el contrario resultan consistentes y lógicas en grado tal que aun cuando se las clasifique aproximadamente muestran principios esencialmente racionales, aunque operen en las condiciones mentales de una ignorancia intensa e inveterada. Utilizando una intención investigadora muy cercana a la de la teología moderna, he considerado oportuno examinar sistemáticamente el desarrollo, entre las razas inferiores, del animismo, o sea, la doctrina de las almas y los demás seres espirituales en general. Más de la mitad de la presente obra está ocupada por la masa de datos procedentes de todas partes del mundo, que muestran la naturaleza y la significación de este gran elemento de la filosofía de la religión y rastrea su transmisión, expansión, restricción y modificación a lo largo del curso de la historia moderna. Tampoco carece de importancia práctica las cuestiones que se plantean con intención de trazar la evolución de determinados ritos y ceremonias prominentes, costumbres tan reveladoras como los intensos poderes de la religión, cuya expresión y resultado práctico constituyen. Por supuesto que en tales investigaciones llevadas a cabo desde un punto de vista etnográfico más que teológico no ha habido necesidad de entrar en controversias directas, que por otra parte me he tomado el trabajo de evitar. Sin recurrir a la teología dogmática o teniéndola poco en cuenta puede tratarse convenientemente la relación que atraviesa la religión desde sus formas más rudas hasta la situación del cristianismo civilizado. Los ritos de sacrificios y de purificación pueden estudiarse en sus etapas evolutivas sin entrar en consideraciones acerca de su autoridad y valor, y un análisis de las sucesivas fases de la creencia del mundo en una vida futura no precisa discutir los argumentos a favor o en contra de la doctrina misma. Las conclusiones de la etnografía podrán considerarse como materiales para los teólogos profesionales y quizás no transcurra demasiado tiempo sin que estos datos tan plenos de significación alcancen su merecido lugar. Retornando a la analogía con la historia natural, llegará el momento en que se considere muy poco razonable que el teólogo científico no se encuentre eficazmente familiarizado con los principios de las religiones de las razas inferiores, como que el fisiólogo aprecie con igual desprecio que en épocas pasadas los datos procedentes de las formas inferiores de vida, considerando la estructura de las criaturas invertebradas simples un tema poco digno de una apreciación filosófica.


La investigación de los orígenes y los primeros desarrollos de la civilización deben fomentarse celosamente no simplemente como un asunto de investigación curiosa sino como una guía práctica importante para la comprensión del presente y la conformación del futuro. Todo acceso al conocimiento debe ser explorado, así como cualquier antecedente al respecto. Ninguna clase de datos debe dejarse de lado, alegando su antigüedad o complejidad, se pequeñez o insignificancia. La tendencia de la moderna investigación nos lleva a la conclusión de que la ley está en cualquier lado, en todos lados. Desestimar a dónde puede conducir una recolección y estudio exhaustivos de los datos y –a causa de la dificultad y lejanía- considera un problema como irresoluble, es colocarse en la parte errónea de la ciencia y quien escoja un estudio sin confianza debe disponerse a descubrir los límites del descubrimiento.


Es Comte quien sirve para ejemplificar cuando comienza su descripción de la astronomía con una observación sobre la necesaria limitación de nuestro conocimiento de las estrellas: concebimos, dice, la posibilidad de determinar su forma, distancia, tamaño y movimiento, mientras que por medio de ningún método llegamos a conocer su composición química, su estructura mineral, etc. Si el filósofo hubiera llegado a ver la aplicación del análisis del espectro a este mismo problema, su proclamación de la desalentadora doctrina de la ignorancia necesaria quizás se hubiera corregido a favor de un punto de vista más alentador. También puede ocurrir algo semejante respecto de la filosofía de la vida humana remota en relación con el estudio de la naturaleza de los cuerpos celestes. Los procesos que deben reconstruirse de las etapas iniciales de nuestra evolución mental se hallan tan distantes de nosotros en el tiempo como las estrellas en el espacio, pero las leyes del universo no están limitadas a la observación directa de nuestros sentidos. Poseemos un vasto material para ser utilizado en la investigación; muchos estudiosos se encargan en este momento de dar forma a este material, aunque se ha realizado demasiado poco comparado con lo que resta por hacerse todavía; y no creo exagerado afirmar que los vagos esbozos de una filosofía de la historia de los orígenes se hallan ya casi a nuestro alcance.

* El antropólogo inglés Edward B. Tylor nació en 1832 y murió en 1917. Introdujo temas nuevos en la antropología, especialmente el de la cultura, que no había sido tratado antes con tanta rigurosidad como la que Tylor le dedica. Escribió manuales, como su Antropología. Introducción al estudio del hombre y de la civilización (1888), pero su obra más conocida es La civilización primitiva, de 1871.

3 comentarios:

Micaela Laprida dijo...

me gustari tener acceso a todo el libro en formato virtual. es posible?

Isaac dijo...

Agradezco la publicación del este texto.

Mario dijo...

Me gusta aprender muchos temas diversos y por eso trato de conocer mucho y buscar en internet la informacion que necesito. En este momento estaba buscando sobre la civilizacion aztecas ya que quería hacer un trabajo acerca de aquella época